El destino ha querido que descendáis al mundo subterráneo

En ese hipogeo cristalino encuentra acomodo el cuento infantil y la inocencia del niño pícaro. La literatura se hace juego a partir de ese momento. En ese espacio fantástico tienen cabida muchos formatos: el juego de rol tradicional y electrónico, la prosa poética y el realismo mágico y la lírica. 

En James Hillman hallo consuelo psicoanalítico, lo mismo que en Blade Runner acomodo. Lo concibe como una noche sin estrellas familiar, donde el horror de la pirámide y los andamios que la circundan encierran vacíos laberintos en los que momias y espíritus yerran penando. 

En esos países macabros transcurro en automóvil condenado al precipicio, sus acantilados me franquean; y el mar siniestro, inabarcable y eterno, pugna por arrastrar y revelar sus secretos abisales. En ese mundo bulle y pulula la niebla de los monstruos; la vida y la muerte tiempo ha que abandonaron sus disfraces, dando a luz a la tormenta del secreto; allí donde sólo mora lo muriente y lo viviente se acurruca en débil decadencia. La sensación es amarga pero constante; es ese país en el que encierra nuestros sentidos con desidia navegante. Permitamos a sus cruceros circundar lo que nos alimenta el bajo vientre dormido. En ese mundo indómito fue nuestra infancia; plena de secretos por no revelar, poderosa en una imagen evidente de lo acontecido en duermevela. El niño obligado a mirar la realidad de sus días carece del sentido abierto de la infinitud, y pierde contacto con su oceánico magín. Muere en la vida de la experiencia muerta, la del mundo consciente donde el cambio se hace polvo al polvo. Debo imaginar paisajes imposibles e innombrados, criaturas fugaces cuya historia nos excita de arcoiris invisible. Debo yacer por tiempo indefinido en el misterio de la cueva. Todo esto, y nunca insistiré lo suficiente, debe revelarse sobre el papel y el arcón, con el vil y necesario fin de que nuestra alma recuerde lo que una vez fuimos. 

En el deseo empalado ahogamos la pena de vernos envejecer bajo la batuta de los días enrarecidos; donde apenas concebidos un sentimiento de honra ante nuestro destino ignoto. Somos constantes en esa vaguedad que nos define.




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