Onírica, cuento de ensueño
En un escritorio de elegante factura, bajo un arco amenazante de lunazul, la silueta del tiempo amordazada por una túnica desteñida relataba la historia de un país antiguo que fue infancia. Frente a sus ojos cansados un reloj de latón hacía tic tac; y tic se entristecía y tac volvía a soñar. Si fuéramos águilas descenderíamos en majestuoso vuelo desde alguna loma prohibida allende los mares, y sorteando los aquilones lavaríamos nuestros humos entumecidos con el gélido aliento del este. Cordeles de oro deslumbran ya el plumaje de corteza de abeto mientras ojuelos imperiales atisban la muralla. No alertamos el peligro inmemorial y al instante un espejismo aterrador nos arrebata de las nubes, porque los brazos deformes de miles de monstruos blancos laceran nuestro vientre, y heridos de muerte caemos. Y si no atendiéramos al dolor palpitante de nuestras entrañas, contemplaríamos las copas heladas de los árboles-montaña. Pocas letras tiene bosque. Gigantes apelotonados con cabeza de hielo, ...